El Hilario salió de la pulpería canturreando la única parte de la cueca que se repetía en su memoria aturdida. Ante cada tropiezo se incoporaba para dedicarle una carcajada babosa y un saludo con la botella de ginebra a las luces del boliche, que ya eran solamente un punto rojizo en la oscuridad azulada por la luna.
El ombú bajo el cual se acostó boca arriba, le sirvió como punto de referencia para el juego de contradecir el movimiento del planeta con el de sus propios ojos. Así se sentía feliz, haciendo las pases con esa tierra mezquina. Sin dolor, sin frío, sin preocupaciones, solamente ese verso de la cueca que bailó con aquel vestido a lunares, la botella y la copa del ombú que comenzaba a detenerse.
La luna se le antojaba más brillante, y el pasto cada vez más blanco, y no supo en qué momento la noche se desvaneció en una luz enceguecedora. Hilario se paró de golpe y comenzó a tirar mandobles con su cuchillo que refulgía en medio de la esfera luminosa que aprisionaba el grito en que se deshacia su garganta. Hechó a correr desesperado, procurando huir de esa luz maldita. Pero comprendió que no era posible cuando cayó rendido sobre sus rodillas.
Al haberse acostumbrado a la incadescencia reparó en su chiripá manchado de vómito y orines, su facón en el suelo, la palma de sus manos encallecidas y través de sus dedos se vió a sí mismo en un rancho. Postrado en un catre destartalado rodeado de botellas vacías de ginebra. Se vió vomitar una sustancia negra. Vió a su mujer y a sus hijos con las caras deformadas por los golpes, marchándose de allí.
Lo último que escuchó fueron las voces adultas de sus hijos condenándolo al infierno.
La luz se fue desvaneciendo dejando la noche azul bajo la cual volvió el Hilario a un rancho vacio con un catre mugriento sobre el que se postró en un insomnio de muchas noches.
Noches en la que sale a recorrer el campo en busca de la luz mala.
Por: Gustavo | Cuento | aportaron (0) | Referencias (0) | se vió 295 veces